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Terra
La Coctelera

Categoría: Relatos

En las calles parisinas

Te escribo desde París. Después de tanto vagar por el mundo buscando consuelo, parece que esta ciudad, la que muchos creen que es la ciudad del amor, es dónde mejor llevo mi ya querida soledad.
Los días pasan, no sé si despacio o deprisa, pero pasan. Me levanto temprano porque los recuerdo del pasado me cortan el sueño. Preparo café y, sea invierno o verano, me lo tomo en el minibalcón de mi apartamento . Dos horas después, estoy en la cafetería trabajando.
El ruido de la clientela no distrae mi atención pero sí el violinista que toca en la esquina a cambio de unas monedas. Las propinas que recibo van a parar a la cubeta del músico. Él no habla con nadie pero desde que lo conozco, cada día, me dedica una canción y me sonríe cuando grita All you need is love. A las cinco de la tarde regreso a casa. Doy un gran paseo antes de llegar. Me gusta perderme entre las callejuelas parisinas donde se encuentran las mejores boutiques del mundo, aquellas que te permiten soñar al ponerte un antiguo anillo.
Es verano. Faltan sólo unas horas para que te pierda definitivamente. Supongo, que te estarás vistiendo para la ocasión. Yo hago lo mismo. Hoy es un día triste, al menos para mí, así que el negro también acompañará mi vestimenta. Pese a ello, quiero estar bella para despedir eso que hace mucho tiempo no ha sido y que quizá nunca fue. Una falda de tubo hasta las rodilllas con tirantes, sobre una camisa a rayas blancas y negras celebrarán esta gran ocasión. Me miro en el espejo, parezco un mimo. Quizá sea eso: no se puede hablar de sentimientos, sólo se pueden mostrar. Recojo con un boli azul mi melena en un moño y me voy a trabajar. Allí está mi cantante preferido, y hoy más que nunca, quizá me lo parezca a mí, grita con fuerza el All you need is love. No sé si tú estarás pensando en mí. Sería feo que lo hicieras.
Te imagino abrochándote tu camisa blanca y tu traje negro. Mientras, tu madre te observa y no puede evitar emocionarse. Tu padre te coloca bien la corbata. Te miras en el espejo por última vez y ves lo que eres.
Faltan diez minutos. Una mujer mayor me pide un té. Cuando todo acabe yo estaré aquí calentando el agua para servir un té. Quién lo hubiera imaginado. Sabes, yo no lo soñé así. En mi cabeza, yo vestía de blanco con un traje precioso de época y mangas acampanadas. Mi largo cabello ondeaba al viento y mis manos sujetaban con seguridad el ramo de rosas blancas. Mis pasos danzarían al ritmo de Have you ever really loved a woman?, y serían firmes y seguros. Tú, al final del pasillo, allí en el altar, me esperarías sonriente. Al fin y al cabo, como tú dijiste alguna vez, "o me caso contigo o no me caso con ninguna".
El ruido de la máquina de café me despierta de las últimas divagaciones antes de decirte adiós. Porque esto debe acabar o acabará conmigo. Hace más de cinco años que no te veo, que no te beso, que no te acaricio. Hace más de cinco años que busco tus ojos entre la multitud y que beso imaginando que son tus labios. Además, soy yo la que creo en el amor eterno. Soy yo la que creo en el destino. Soy yo la que creo que sólo hay una persona para amar en el mundo. Soy ya la que creo que si una historia se acaba es porque no debía ser. Soy yo la que creo que si te casas con otra esto ya no va a dar marcha atrás. Me gustaría desearte lo mejor y que fueras feliz, pero de momento no puedo. Aún no lo he superado y por eso debo olvidarte de una vez por todas. Tú nunca habrás existido.
Como si de un hechizo de tratara, con las campanadas de las doce, cruzo la calle peatonal y le deposito mis propinas de esa mañana al violinista. Las dejo, le sonrío, él me sonríe, y me voy. Pero se me ocurro que se me apetece escuchar una canción y le susurro al oído si conoce la canción de Bryan Adams. Antes de que acabe, me interrumpe un acorde de su violín que me demuestra que la conoce.
Como una niña me siento en el suelo ante él y escucho detenidamente la letra.
"Cuando amas a una mujer, le dices que la necesitas realmente. Cuando amas a una mujer, le dices que ella es la elegida. Porque ella necesita a alguien que le diga que esto durará para siempre. Entonces, dime, ¿alguna vez has amado realmente a una mujer?". Lloro con todas mis fuerzas. El vilonista acaba la canción, se arrodilla, me acaricia la barbilla, y me dice: "Nadie que te ame de verdad puede hacerte daño". "Es cierto", pienso.
Me levanto, le doy las gracias y cruzo de nuevo la calle. Mi jefa, que ha visto la escena desde la barra, insiste en que me tome el día libre. Al final, acepto. Paseo hasta llegar a la orilla de un río. Un hombre está pintando el paisaje y me quedo un buen rato observándole. Me siento bien. No tengo miedo a nada. Parece que he despertado del embrujo y puedo volver a respirar por mí misma.
Dos mariposas blancas me anuncian buenos presagios y eso aún me pone de mejor humor. Compro un ramo de claveles rojos y camino de vuelta a casa.
Las calles no me parecen tan estrechas y sí más luminosas. De nuevo empieza mi vida, alguien me está esperando y ya me he entretenido demasiado sin salir a buscarlo. No puedo demorarme pensando en lo que hubiera sido porque si no ocurrió fue por algún motivo. Si yo no fui la novia para qué perocuparme por esa boda.
Al llegar a casa veo mi teléfono móvil parpadeando. Antes de mirar los mensajes, escojo un buen jarrón para poner mis flores. Con una mano sostengo una copa de vino, y con la otra, compruebo mis mensajes. Son dos. Uno es de publicidad telefónica y el otro de mi mejor amiga española. Dejo mi copa en una mesa. El SMS dice así: "No ha habido boda. Llámame y te cuento." ¿Qué la llame? Ni hablar. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?. Por fin me he desatado de las cadenas a las que yo misma me había aprisionado. Pero esto es típico de él: siempre aparece de nuevo. Esta vez no, esta vez no lo permitiré.
Para no pensar más en ello, decido irme pronto a la cama. A la mañana siguiente, despierto, después de doce horas maravillosas de sueño. y preparo café. Es mi día libre en la cafetería pero me apetece ir allí a que me sirvan chocolate caliente con churros. Así que apago el fuego y dejo abandonada a mi vieja amiga la cafetera. Bajo las escaleras, con alegría y camino por la ciudad casi desierta. Llego a la cafetería y me siento en una de las mesas de la terraza. Me traen mi desayuno y, de repente, descubro que mi violinista no está en su esquina de siempre. Me extraña muchísimo y decido quedarme a esperarlo.
Ha pasado más de hora y media y aún no ha aparecido. Temo que le haya sucedido algo pero tampoco sé cómo localizarlo ni siquiera sé cómo se llama. Me levanto de la mesa y cruzo hasta la esquina del músico. Me entristece pensar que puede que nunca más vuelva a verlo. Entonces aparece un hombre, consigo lleva el violín de mi músico. No es mi violinista pero su mirada me suena. Como me ha pasado tantas veces, no le doy mayor importancia. Vuelvo a mirar, y descubro que esos hoyuelos también me suenan. No hay duda, cuando lo tengo finalmente delante, me doy cuenta de que es él. En ese momento pasan por mi cabeza miles de preguntas que no pueden tener respuesta en tan pocos segundos.
Lo único que se me ocurre decir en ese momento es: "¿Qué haces tú con ese violín?". Él se ríe y me abraza. Entonces aparece mi vilonista, recupera su instrumento y toca, esta vez para nosotros, la canción. En voz baja, él me dice: "Cuando amas realmente a una mujer no te casas con otra".

El Mar como única compañía

- Ella se encontraba sentada frente al mar, absorta en sus pensamientos. Sola,triste, melancólica; no era capaz de definir su situación ya que no sabía en que punto de su vida se hallaba.

Y así, con el rumor del mar de fondo ella soñaba.

Sabía a ciencia cierta que nadie la entendería, porque ni ella misma lo hacía; pero, tenía la esperanza de que él sí. No quería pensar que él era uno de tantos que pensaba que estaba loca, no podía creerlo.

Cuando se quiso dar cuenta llevaba más de tres horas reflexionando sobre algo que ni ella misma le encontraba el sentido. El rocío resbalaba sobre sus mejillas, su pelo escarchado, sus manos frías, su rostro sin vida.

Eran muchos los que al pasar por su lado se quedaban fascinados; no por su belleza, sino por el ensimismamiento que presentaba.

La gente murmuraba a su alrededor, no daban crédito a lo que estaban viendo. Pero eso a ella no le importaba, ya estaba acostumbrada a la incomprensión.

Estaba tan metida en sus pensamientos que no reparó en que comenzó a llover; la gente la miraba como intentando decirle:

- Pero, ¿No te das cuenta de que está empezando a llover?, vuelve a tu casa que es lo mejor que puedes hacer

Ni caso. Ella permanecía inmóvil.

Poco a poco se fue quedando sola, aunque pensándolo bien: ¿Alguna vez no lo había estado?.

Se extendió sobre la arena y deseó mil veces morir allí mismo. Junto a su mar, ese que la había escuchado tantas veces pero que nunca le contestaba.

La lluvia empapaba su cara, su cuerpo; pero ella parecía no sentir nada. Su cuerpo no recibía ninguna clase de estímulo.

¿Cuánto llevaría allí?, horas,días,semanas... Sola en el olvido.

No entendía a qué se debía su estado, sólo sabía que se sentía rota por dentro. Era un juguete roto.

Jamás hubiese pensado que iba a amar con tanta pasión a una persona de la que no esperaba nada; le preguntaba al mar que había echo para mercerse eso, para sentirse tan insignificante ante el resto de humanos. Pero el mar no le contestaba, permanecía en la misma posición, rompiendo sus gigantescas olas contra las rocas.

Entonces, decidió que ya era suficiente por hoy. Debía marcharse, le esperaba la cruda realidad.

En el fondo, sabía que aunque nadie la esperase, el mar siempre estaría allí para escucharla.

Y partió empapada en llanto.